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Tocar un instrumento en la infancia: qué muestra un estudio sobre la memoria y el aprendizaje de los chicos

Una investigación de la Universidad Northeastern comparó a 76 niños de entre 7 y 9 años y encontró mejores resultados cognitivos y escolares entre quienes practicaban música. Los autores aclaran que el hallazgo no prueba una relación causal y que el costo de las clases puede dejar afuera a muchas familias.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida · · 4 min de lectura
Tocar un instrumento en la infancia: qué muestra un estudio sobre la memoria y el aprendizaje de los chicos

Me lo imagino como una escena que se repite en miles de casas argentinas: el living improvisado como sala de ensayo, un nene o una nena de ocho años peleando con una escala en el piano mientras los padres discuten si vale la pena pagar las clases. Esa pregunta, tan concreta y tan de oficina doméstica, es la que volvió a poner sobre la mesa un equipo de la Universidad Northeastern, en Boston: ¿qué pasa en la cabeza de los chicos que tocan un instrumento y qué relación guarda eso con aprender a leer, a escribir y a resolver cuentas?

El trabajo reunió a 76 chicos de entre 7 y 9 años, divididos en dos grupos equivalentes por edad, sexo y nivel socioeconómico. La mitad practicaba un instrumento, sobre todo piano y cuerdas, con un piso de 30 minutos semanales; la otra mitad no tenía formación musical. A todos les tomaron pruebas de memoria de trabajo, razonamiento, vocabulario y aprendizaje visual y auditivo, y compararon sus resultados en lectura, escritura y matemáticas.

Qué encontraron en las pruebas

  • Los chicos que tocaban un instrumento obtuvieron mejores puntajes en memoria de trabajo, la capacidad de retener información breve mientras se usa, como cuando se recuerda una consigna al mismo tiempo que se resuelve un ejercicio.
  • También rindieron mejor en razonamiento, vocabulario y en aprendizaje visual y auditivo, es decir, en la capacidad de incorporar información que llega por la vista y por el oído.
  • En las evaluaciones escolares las diferencias se notaron en lectura, escritura y matemáticas, con ventajas en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras.

Para entender por qué el hallazgo tiene sentido, los investigadores ponen el foco en lo que ocurre mientras se toca. Leer una partitura, mantener el ritmo y coordinar los dedos al mismo tiempo exige repartir la atención entre varias tareas, algo que la psicología cognitiva vincula con las llamadas funciones ejecutivas: la capacidad de planificar, sostener la concentración, controlar los impulsos y adaptarse a los cambios. Psyche Loui, profesora de música de Northeastern, explicó que esas demandas de la práctica musical reclutan circuitos atencionales que después se reutilizan en el aula. En la misma línea, la investigadora y educadora musical Anita Collins suele remarcar que aprender un instrumento entrena la escucha, la planificación y la autorregulación, tres habilidades que cualquier docente reconoce como centrales para atravesar la escolaridad.

El estudio fue más allá de los tests: a 50 de los participantes les hicieron resonancias magnéticas y apareció una diferencia en una vía cerebral que conecta regiones asociadas con la audición, el lenguaje y el movimiento. Para los autores, ese dato ayuda a pensar que la música no trabaja sola en un rincón del cerebro, sino que dialoga con las mismas redes que se usan para hablar, leer y escribir.

Ahora bien, y acá viene el llamado de atención que los propios investigadores no esquivan, el trabajo no demuestra que las clases de música hayan causado esas diferencias. Los chicos no fueron asignados al azar a tocar o no tocar: fueron las familias las que decidieron acercarles un instrumento, y es razonable pensar que en esos hogares circulen otros estímulos educativos, desde libros hasta ayuda con la tarea, que también pesan en los resultados. Los autores compararon grupos de condiciones socioeconómicas similares para acotar esa variable, aunque aclaran que eso no alcanza para descartar otras explicaciones.

Esa advertencia no le quita valor al hallazgo, pero sí obliga a leerlo con cuidado. Loui lo planteó como una puerta para seguir explorando la relación entre música y aprendizaje, no como una receta prometida. Y hay un punto que me parece clave para cualquier familia argentina que esté mirando el presupuesto: la propia investigación señala que el costo de la formación musical puede limitar el acceso, y termina dejando afuera a buena parte de los chicos que más podrían beneficiarse de ese tipo de estímulos.

Lo escribo porque la pregunta del living, la de si vale la pena pagar las clases, no tiene una respuesta única ni definitiva. Lo que sí muestra este estudio es que tocar un instrumento pone en movimiento un montón de habilidades que después se usan en la escuela, y que mientras la ciencia sigue aclarando cuánto de eso es causa y cuánto es contexto, acercar a un chico a la música sigue siendo, como mínimo, una forma de abrirle mundos. Y eso, en cualquier barrio y con cualquier presupuesto, es algo que se puede empezar a construir de muchos modos, desde un programa gratuito hasta una agrupación barrial o una clase compartida entre varias familias.

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Soledad Da SilvaSociedad y vida

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