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Martes, 20 de octubre de 2026
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Ecos del Iguazú

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Una astrofísica cayendo al vacío entre las estrellas: "Estrellada" se sube a un escenario de Villa Crespo para contar lo que muchos callaron

La dramaturga y directora Verónica Litvin estrena un unipersonal donde una científica pierde todo por una traición y reconstruye, entre el humor y la lágrima, la historia silenciada de las mujeres que hicieron ciencia en este continente. Victoria Baldomir la interpreta todos los jueves en NuN Teatro Bar.

OD
Osvaldo DuarteCultura y espectáculos · · 5 min de lectura
Una astrofísica cayendo al vacío entre las estrellas: "Estrellada" se sube a un escenario de Villa Crespo para contar lo que muchos callaron

Déjenme contarles una escena que me viene a la memoria cada vez que escucho la palabra traición bien aplicada: en el viejo conventillo donde vivía mi abuela, en el conventillo de Virreyes, una mujer había dedicado años a bordar un tapiz colosal para la iglesia del barrio, y un domingo de Pascua apareció el tapiz inaugurado sin su nombre, con el apellido del marido del dueño de la cuadra. Aquella injusticia hogareña, tan de barrio y tan silenciosa, es exactamente el clima que uno siente cuando empieza "Estrellada", la obra que Verónica Litvin escribió y dirige en NuN Teatro Bar, sobre Juan Ramírez de Velasco 419, en Villa Crespo, donde Marina, una astrofísica que dedica años a una investigación, recibe en el momento de su hallazgo una carta que la desplaza del proyecto que ella misma lideró. La actriz Victoria Baldomir la interpreta sola, en un unipersonal que ya viene funcionando los jueves a las 21 y que se extenderá, según me confirman desde la producción, hasta el 26 de noviembre, aunque quisiera quedarme más tiempo en la sala para procesar lo que se ve.

Quiero detenerme un momento en la elección del vocablo Estrellada, porque no es gratuito ni decorativo, y porque a mí, que vengo siguiendo el teatro independiente porteño desde los tiempos en que uno cruzaba media ciudad para ver un estreno en un sótano de San Telmo, me parece una de esas palabras que hacen exactamente el trabajo doble que tiene que hacer un buen título: por un lado nombra a la protagonista, una mujer literalmente estrellada contra el suelo de un descampado al que llega con intención de no volver después de la traición de alguien muy cercano; y por el otro lado evoca el cielo, las estrellas, el firmamento que ella venía estudiando, como si el universo le devolviera, en el peor momento de su vida, la materia prima de su vocación. Esa luz que ilumina objetos dispersos en el descampado y los convierte en una suerte de espejo de la propia biografía de Marina es, a mi entender, la imagen más poderosa de la obra, y por eso la guardo.

Una historia con raíces en las colonias científicas del continente

Porque la propuesta de Litvin no se queda en el drama íntimo de una sola mujer traicionada, y eso es lo que a mí, como espectador ya entrado en años, más me interesa destacar: la obra es una ficción con base en experiencias reales de mujeres cuyos aportes científicos fueron apropiados o invisibilizados por investigadores hombres durante el siglo XX, una genealogía silenciada que a mí me recuerda las historias que me contaba mi viejo sobre las maestras rurales que hacían maravillas en las colonias del Litoral y quedaban borradas de los registros, y que tiene su espejo directo en la historia de la ciencia latinoamericana, esa rama de la que casi no se habla cuando uno repasa los manuales escolares. Litvin, que conoce bien el paño porque su primera pieza como dramaturga, "Verde infinito", realizó dos temporadas e integró la Fiesta de Teatro CABA 2025, y que a lo largo de su carrera participó en festivales como el FIBA y el Festival Internacional de Dramaturgia, incorpora a esa mirada histórica los dilemas específicos de la ciencia hecha desde estas latitudes, que son dilemas que muchos de los que pasamos los cincuenta conocemos de cerca: investigar en contextos económicos inestables, quedarse cuando todo empuja a irse, sostener la vocación cuando el país parece no pagar los sueldos ni los títulos, y la tensión enorme entre el crecimiento profesional y la posibilidad concreta de quedarse en el país. Son capas que la Vero, como le decimos en el ambiente, va desplegando con paciencia de relojera.

“Más allá de los sinsabores de la historia, creo que el corazón de Estrellada gira en torno a la vocación como fuerza vital, una especie de faro al que aferrarse.”Verónica Litvin, dramaturga y directora de "Estrellada"
  • Una astrofísica pierde su investigación por una traición y termina en un descampado donde la luz de las estrellas funciona como espejo de su vida.
  • La obra reconstruye los momentos clave de su trayectoria: descubrimientos, relaciones y decisiones a lo largo de los años.
  • El humor y la ironía conviven con los momentos de mayor peso emocional, en una dramaturgia que no cae en el panfleto.
  • La propuesta visibiliza a mujeres cuyos aportes fueron apropiados o invisibilizados por hombres durante el siglo XX.
  • Litvin incorpora los dilemas de la ciencia latinoamericana: financiamientos inestables, migraciones y la decisión de quedarse en el país.
  • Las funciones son los jueves a las 21.00 en NuN Teatro Bar, Juan Ramírez de Velasco 419, Villa Crespo, hasta el 26 de noviembre de 2026.

Ahora bien, sería injusto de mi parte no detenerme en la Baldomir, porque esta actriz, que se recibió en la Licenciatura en Actuación de la Universidad Nacional de las Artes, sostiene ella sola un unipersonal que pide muchísimo: cargar con el peso emocional de la traición, iluminar el costado luminoso de la astronomía, y hacer convivir el humor con la dramaturgia más densa sin que ninguno de los dos registros se vea forzado. Lo hace, y lo hace bien, y eso no es un dato menor en un momento del teatro porteño donde cuesta muchísimo encontrar intérpretes que se arriesguen a sostener un personaje durante hora y pico sin red. Si me preguntan a mí, Osvaldo Duarte, que llevo décadas viendo teatro en esta ciudad, les digo que Vicki está a la altura del desafío, y esa es la primera razón por la que volvería a la sala.

Mi recomendación, entonces, es concreta y personal: dense una vuelta por Villa Crespo un jueves a las nueve de la noche, dense el gusto de sentarse a la mesa de NuN Teatro Bar con una copa en la mano mientras Marina les cuenta cómo se derrumba el cielo cuando alguien firma una carta que no tendría que haber firmado. Salgan del teatro caminando por Juan Ramírez de Velasco con la cabeza todavía dando vueltas entre las galaxias y los descampados, y recuerden, como me recordó a mí esta función, que las estrellas existen incluso cuando alguien intenta apagarlas. A mí, que peino canas y vi muchas obras en mi vida, este unipersonal me reconcilió con el teatro independiente porteño, y eso vale la pena contarlo.

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Osvaldo DuarteCultura y espectáculos

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