Cuando el cuerpo avisa: las cuatro señales que pueden delatar un coágulo antes de que sea tarde
El dolor en una pierna, la hinchazón o un cambio en la temperatura de la piel pueden anticipar una trombosis venosa, una afección grave pero prevenible. Cuatro especialistas coinciden en que reconocer los síntomas a tiempo salva vidas, y que existen etapas y condiciones que elevan ese riesgo de manera significativa.

Son las siete de la tarde de un martes cualquiera y Marta, ama de casa de 52 años, termina de acomodar la mesa después de la cena. Lleva más de seis horas sentada frente al televisor, con las piernas cruzadas, sin moverse casi nada. Cuando se levanta para guardar los platos, siente un tirón raro en la pantorrilla derecha, como un calambre que no se va. Piensa que es la mala postura, se toma un paracetamol y se acuesta. A la mañana siguiente, la pierna está hinchada, caliente al tacto y con una mancha oscura que antes no estaba. Termina en la guardia de una clínica con un diagnóstico que la deja temblando: trombosis venosa profunda. La historia de Marta no es inventada ni es la de nadie en particular, pero se parece a la de miles de personas que cada año en la Argentina descubren un coágulo en el peor momento. Por eso vale la pena prestar atención a lo que dice el cardiólogo preventivo Francesco Lo Monaco, que identificó cuatro señales físicas que pueden indicar la presencia de un coágulo antes de que la situación se complique.
Las cuatro señales que el cuerpo manda
a prestar atención
Lo Monaco, en una revisión de los cuadros más frecuentes, señala que hay cuatro manifestaciones concretas que aparecen en las piernas cuando empieza a formarse un coágulo. Son estas:
- Dolor o sensibilidad en una pierna, sobre todo en la pantorrilla o en el muslo, que a veces se confunde con un calambre o con una contractura.
- Hinchazón de la zona afectada, que puede ser progresiva y notarse especialmente al comparar una pierna con la otra.
- Cambio de color en la piel, que puede verse roja, azulada o más oscura de lo habitual, como si la zona estuviera moretoneada sin haber recibido un golpe.
- Sensación de calor localizada, perceptible al tocar la piel de la pantorrilla o del muslo.
Lo aclaro porque siempre queda la duda: ninguno de estos síntomas confirma por sí solo que haya un coágulo, y pueden responder a otras causas mucho más banales, desde un golpe que uno no recuerda hasta una insuficiencia venosa de toda la vida. Pero si aparecen juntos o sin una explicación clara, la indicación es consultar al médico lo antes posible, sin esperar a que se pasen solos.
Cuando el coágulo se va a los pulmones
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El cuadro se vuelve una emergencia cuando el coágulo, o un fragmento suyo, se desprende de la vena donde se formó y viaja por el torrente sanguíneo hasta los pulmones. Eso es lo que se llama una embolia pulmonar, una complicación potencialmente mortal. Las señales de alerta que Lo Monaco menciona para este caso son la dificultad para respirar de golpe, el dolor en el pecho que se intensifica al respirar hondo, la tos con sangre y la pérdida de conocimiento. Ante cualquiera de estos síntomas, no hay que ir a la guardia en auto ni esperar el turno del médico: corresponde llamar al servicio de emergencias de inmediato, porque cada minuto cuenta.
Quiénes corren más riesgo y por qué
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No todas las personas tienen la misma probabilidad de desarrollar un coágulo. Hay algunos factores que pesan más que otros, y conocerlos es la base de cualquier estrategia de prevención. Quien ya tuvo un coágulo anteriormente tiene más chances de que se repita, y lo mismo ocurre con quienes tienen antecedentes familiares o condiciones hereditarias como la trombofilia. Fumar, pasar períodos prolongados con movilidad reducida (después de una operación, durante un viaje largo en avión o en micro, o en el posoperatorio de una cirugía de rodilla) y convivir con enfermedades crónicas como la diabetes, la insuficiencia cardíaca o el cáncer también elevan el riesgo de manera considerable.
Y acá viene un punto que me parece clave y que muchas veces queda afuera de la conversación: en la vida de las mujeres hay tres etapas que merecen atención particular. La primera es el uso de anticonceptivos hormonales con estrógeno, que se asocia a un incremento del riesgo, aunque en términos absolutos es bajo para la mayoría de las usuarias. La segunda es el embarazo y el posparto, un período de mayor vulnerabilidad porque el organismo activa mecanismos para evitar el sangrado excesivo durante el parto, y esos mismos mecanismos favorecen la coagulación. La tercera es la terapia hormonal que se utiliza para tratar los síntomas de la menopausia, que también puede elevar el riesgo cuando incluye estrógeno. En los tres casos la indicación no es suspender los tratamientos por cuenta propia, sino hablarlo con el médico de cabecera o con el especialista que los indicó, para evaluar cada situación en particular.
“La prevención comienza por comprender los propios riesgos, en lugar de asumir que sentirse bien significa que todo está bien.”Francesco Lo Monaco, cardiólogo preventivo
Lo Monaco insiste en algo que parece obvio pero que en la práctica se olvida seguido: los riesgos no son fijos a lo largo de la vida. El embarazo, los tratamientos hormonales, los cambios en la movilidad o un diagnóstico de cáncer pueden modificar el panorama de un día para el otro, y por eso el consejo más adecuado varía según la historia clínica de cada persona. En otras palabras: lo que era válido a los 25 puede no serlo a los 45, y lo que no preocupaba antes de un embarazo puede pasar a ser un tema central después del parto.
Qué hacer, en concreto, para reducir el riesgo
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- Moverse con regularidad, sobre todo en trabajos o situaciones que obligan a estar sentado muchas horas seguidas. Levantarse cada una o dos horas, caminar aunque sea unos minutos y estirar las piernas.
- Mantenerse bien hidratado, porque la deshidratación espesa la sangre y facilita la formación de coágulos.
- Evitar el tabaco, que es uno de los factores modificables con mayor impacto.
- Consultar al médico antes de empezar un tratamiento hormonal, sea anticonceptivo o de reemplazo en la menopausia, y comentarle si hay antecedentes personales o familiares de trombosis.
- Usar medias de compresión cuando el médico lo indique, por ejemplo en viajes largos o en el posoperatorio de ciertas cirugías.
- Prestar atención a los antecedentes familiares y comentarlos en la consulta, porque muchas personas conviven con una trombofilia sin saberlo.
Yo les digo siempre lo mismo cuando toco estos temas y hoy lo repito sin pudor: el cuerpo habla, y lo que dice en una pierna hinchada, en un dolor de pantorrilla que no se explica o en un faltazo de aire de golpe no es un capricho ni una exageración. Es una señal que merece, como mínimo, una consulta. Marta, la mujer con la que abrí esta nota, tuvo suerte: el coágulo se trató a tiempo y hoy toma anticoagulantes y camina media hora por día. Pero no todas las historias terminan así. Por eso, cuando el cuerpo avisa, lo más sensato es escucharlo y llamar al médico, antes de que la señal se convierta en una emergencia. En temas como este, la diferencia entre hacerlo y no hacerlo se mide en años de vida.
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