Cuando el rencor se queda a vivir adentro: lo que le hace al cuerpo sostener una ofensa durante años
No es solo un peso emocional: es una alerta que el organismo no apaga. Presión arterial elevada, cortisol disparado, defensas bajas y un cansancio que no se explica por el esfuerzo. La palabra del psiquiatra Norberto Abdala y un mapa de los efectos que se acumulan cuando el agravio se vuelve permanente.

Hay una silla en la cocina de Mirta donde nadie se sienta desde hace once años. Es la silla de la persona que ella todavía no puede nombrar sin que le tiemble la voz. Un domingo de julio, alguien de su propia sangre le dijo algo que, según cuenta ella, le cambió la forma de mirar a los suyos. Lo que pasó después no fue un grito ni un portazo: fue un silencio largo, un dejar de hablar, un irse corriendo de a poco. Y ese irse se volvió un estado permanente. Cuando le pregunto cómo está, Mirta no habla del corazón ni del cortisol. Dice: "No puedo dormir del lado derecho, me duele la mandíbula y me canso por nada". Dice, también: "No sé por qué sigo enojada, si ya pasaron tantos años". Lo que Mirta todavía no sabe es que su cuerpo lleva más de una década intentando responder una pregunta que la cabeza se niega a cerrar.
Y acá aparece lo que cuenta la ciencia, que es bastante menos poético y bastante más preocupante: guardar una ofensa sin procesarla no es solo una carga emocional, como tantas veces se repitió con liviandad. Es un pedido de auxilio que el organismo traduce en respuestas físicas concretas, medibles, y a veces dolorosas. La diferencia entre un enojo de miércoles y un rencor de años no es de grado: es de mecanismo.
La bronca pasa. El rencor se instala.
La bronca aparece con fuerza y se va. Es una reacción útil, diseñada para durar lo que dura una amenaza y después apagarse. El rencor, en cambio, es otra cosa: es volver una y otra vez sobre lo mismo, con la misma carga, sin que la intensidad baje con el tiempo. Puede instalarse durante años, incluso décadas. Y su origen suele ser muy concreto: una traición, una injusticia en el trabajo, una ruptura, un conflicto familiar que nunca se habló del todo. Cuando el recuerdo del agravio vuelve, el cuerpo no lo trata como un recuerdo: lo trata como si la amenaza estuviera pasando otra vez, ahora, en este momento.
Las cinco facturas que el cuerpo empieza a pagar
- Corazón bajo presión. La presión arterial se eleva de forma crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo. El organismo repite el mismo circuito de alarma que usaría frente a un peligro real, y ese estado de alerta repetido aumenta el riesgo de enfermedad coronaria.
- Hormonas alteradas. El cortisol, la hormona del estrés, permanece alto más tiempo del que debería. Dormir mal, acumular grasa en la panza y volverse resistente a la insulina son algunos de los efectos asociados a ese cortisol que no baja.
- Defensas bajas. Con los mecanismos de defensa exigidos todo el tiempo, al cuerpo le cuesta más enfrentar infecciones y se instala una inflamación silenciosa de bajo grado, vinculada a enfermedades crónicas de todo tipo.
- Músculos tensos, cabeza que duele. Cuello, mandíbula y espalda se endurecen de manera literal, sin aflojar con el descanso. Muchas cefaleas que no tienen causa médica aparente nacen justamente de esa rigidez sostenida.
- Digestión alterada. El eje que conecta intestino y cerebro es especialmente sensible al estado emocional, y un rencor de larga data suele pasar factura también por ese lado.
Y está el cansancio que Mirta describe y que cualquiera que cargue un rencor viejo reconoce. No es el cansancio de haber corrido una maratón ni el de haber dormido poco. Es el agotamiento de sostener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo fue diseñado para que durara minutos y que lleva años encendida.
“El cuerpo que paga la factura es siempre el propio.”Norberto Abdala, psiquiatra especialista en psiconeuroendocrinología
Abdala precisa algo que a mí, como periodista, me parece importante subrayar: no hay evidencia sólida que permita decir que el rencor cause una enfermedad específica y déterminée. Lo que sí está probado es que el rencor mantiene encendidos, de manera sostenida, mecanismos que son perjudiciales para el organismo. La distinción no es un detalle: es la diferencia entre echarle la culpa de todo y reconocer que el daño es real, aunque sea indirecto.
Lo que se puede hacer, antes de que el cuerpo lo decida por uno
Trabajar el rencor no es un lujo ni una recomendación espiritual. Es, literalmente, una decisión de salud. Hablarlo con alguien de confianza, consultar a un profesional de salud mental, escribir lo que pasó, animarse a poner límites o, en algunos casos, reparar lo que se pueda: cada uno de esos caminos apunta a lo mismo, que es bajar la intensidad de la alarma interna. La idea no es borrar lo que pasó, porque nadie tiene por qué borrar nada. La idea es que el recuerdo deje de funcionar como una emergencia que se repite, y vuelva a ser, simplemente, lo que fue: un capítulo cerrado.
Cada vez que vuelvo a Mirta para esta nota pienso en su silla vacía y en su mandíbula tensa. Pienso en la cantidad de gente que camina por la calle cargando un agravio de hace diez, veinte, treinta años, y en que ese peso se les nota en el cuerpo antes de que se les note en la palabra. También pienso en que esta nota, como todas las de esta sección, no pretende dar cátedra ni repartir fórmulas: pretende, modestamente, dejar un dato concreto en la cabeza del lector. Si después de leerla alguien reconoce algo propio y se anima a hablarlo, o a pedir ayuda, el cuerpo de esa persona ya empezó a pasarla un poco mejor. Y eso, créanme, no es poco.
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