Dragon Ball Super vuelve a las pantallas con una nueva vida en su primer arco, y Beerus se queda con todo el protagonismo
Toei Animation relanza la serie con una versión renovada del arco que presentó al Dios de la Destrucción. Mejor animación, menos relleno y un pulso narrativo más ajustado para una historia que ya es parte del canon de la franquicia.

A mediados de los años noventa, cuando todavía se programaban las cintas de dibujos japoneses en ciclos de madrugada por cable, uno esperaba el domingo con la misma ansiedad con que se esperan hoy los estrenos de las plataformas. Eran tiempos en los que el VHS circulaba de mano en mano entre los pibes del barrio y una pelea entre Goku y un enemigo desconocido justificaba cualquier sobremesa. Por eso, cuando me enteré de que Dragon Ball Super volvía a las pantallas con una revisión a fondo de su primer arco, me pareció que la historia le estaba devolviendo algo a esa memoria compartida. Y vaya si lo hizo: la versión que Toei Animation acaba de estrenar, titulada Dragon Ball Super: Beerus, toma el material conocido, lo reescribe visualmente y se anima, por fin, a dejar de lado los tramos que nunca terminaron de cuajar en la emisión original de 2015.
El punto de partida es de manual para los que seguimos la saga desde la época de la revista Lupa. Tras la derrota de Majin Buu, Goku volvió a la vida de campo y a la rutina con su hijo Goten, aunque algo le faltaba: un rival que lo obligara a exigirse de verdad. Del otro lado del universo, Beerus, el Dios de la Destrucción, despertaba de un letargo prolongado con dos cosas en mente, una buena comida y un combatiente capaz de sostenerle la mirada. El choque entre esa calma rural y esa expectativa divina es el motor de un arco que ya habíamos visto en la película La batalla de los dioses, pero que acá vuelve con una energía muy distinta.
Qué cambia respecto de la versión original
- Secuencias enteramente reanimadas, con un acabado visual muy superior al de 2015 y efectos renovados.
- Escenarios redibujados desde cero, lo que le devuelve al arco una textura más cercana al manga de Akira Toriyama y Toyotaro.
- Recorte de tramas secundarias, entre ellas el conocido viaje familiar de Vegeta, para alivianar el ritmo.
- Eliminación de relleno y capítulos de transición que en su momento estiraron la historia sin sumar demasiado.
- Conservación de algunos planos de la versión original que, por contraste, dejan en evidencia el salto de calidad del nuevo material.
El trabajo recuerda, en su espíritu, a lo que Dragon Ball Z Kai hizo hace ya un tiempo: ajustar la duración, limpiar el ruido y dejar que la pelea hable por sí sola. Es una decisión que a los más puristas les puede doler —siempre hay un cariño entrañable por esas escenas que se quitaron—, pero que el conjunto agradece. El enfrentamiento entre Goku y Beerus gana en tensión cuando no tiene que abrirse paso entre desvíos argumentales que nunca terminaron de cerrar.
Una animación con claroscuros honestos
Lo más sólido de esta vuelta es, sin dudarlo, la animación. Los pasajes nuevos se ven de verdad, con un pulso que la emisión original no pudo sostener y que los seguidores venían reclamando desde hace una década. Ahora bien, conviene ser francos: no se trata de un remake completo sino de un remaster profundo, y eso se nota en los planos que se conservaron tal cual. Esas escenas conviven con las rehechas y, por contraste, quedan más a la vista. Es la tensión propia de cualquier revisión que decide respetar la base en lugar de filmarla de nuevo, y a mí, personalmente, me parece un trade off aceptable, porque lo que se gana en agilidad narrativa compensa con creces lo que se resigna en uniformidad visual.
Si la serie sostiene este nivel en los próximos arcos, estamos ante la forma de referencia para revisitar esta etapa de la historia de Goku, y sobre todo para que las nuevas camadas de fans —esos pibes que hoy descubren la saga por streaming, sin haber pasado nunca por un videoclub— se acerquen a uno de los enfrentamientos fundantes del canon moderno. Dragon Ball Super: Beerus está disponible en cuatro plataformas de streaming y se deja ver de corrido, casi como una película larga con respiros.
Como recomendación personal, y abusando de esta primera persona que tan poco se estila en las redacciones modernas, les sugiero verla en una pantalla grande, con el volumen alto y la luz apagada, como se merecía desde 2015. Hay cosas que están pidiendo un sillón, un mate y un amigo al lado para comentarlas en vivo. Y si me permiten el consejo de viejo lector: no se la pierdan pensando en qué hubiera sido, juéguenla con lo que es. A veces, una buena editada le hace más honor a la historia que una continuación sin alma.
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