Una convocatoria de 40 puestos en Ezeiza reunió a más de mil personas y desnudó la precariedad que el INDEC ya había medido
Cabaña Santa Marta, distribuidora alimenticia del sur del conurbano, recibió postulantes desde la madrugada en su sede de Reconquista 654. La empresa buscó cubrir alrededor de 40 vacantes y se encontró con una fila que superó las diez cuadras antes de las ocho de la mañana, espejo de un mercado laboral donde casi la mitad de los ocupados no tiene registro.

La escena fue casi insólita para una jornada cualquiera en Ezeiza: a las siete y media de la mañana, cuando todavía no había abierto la puerta de la planta, una hilera de personas se extendía a lo largo de más de diez cuadras sobre la calle Reconquista, en el corazón del partido. Cabaña Santa Marta, una distribuidora de alimentos del sur del conurbano bonaerense, había anunciado en sus redes que ese martes recibiría currículums para cubrir alrededor de 40 vacantes. La respuesta desbordó cualquier cálculo previo y dejó al descubierto la magnitud de la informalidad laboral que las estadísticas del INDEC venían anticipando: según los datos del segundo trimestre de 2026, casi la mitad de los puestos de trabajo del país siguen sin registro formal.
La convocatoria, difundida por Instagram y Facebook, pedía tres cosas: currículum impreso, documento de identidad y un formulario disponible en línea. Para no dejar afuera a quienes no podían completar el trámite digital, la empresa aclaró que entregaría copias en papel durante la espera, con el objetivo declarado de que todos pudieran participar en igualdad de condiciones. Esa decisión terminó siendo la única manera de ordenar una fila que había comenzado a formarse durante la noche anterior.
Un perfil que cruza edades, oficios y situaciones
Los rostros de la cola contaban una historia que los promedios estadísticos suelen disimular. Había jóvenes de 18, 19 y 20 años en busca de su primer empleo formal, junto a trabajadores con experiencia en atención al cliente, cocina, construcción, mecánica y comercio. También estaban los que ya tenían alguna ocupación, pero querían dejar la inestabilidad: changas, contratos cortos, tareas sin aportes. Una mujer que cursa enfermería dijo que necesitaba ingresos para sostener la carrera; un hombre de 41 años, ya empleado, reconoció que buscaba algo más estable. Postulantes llegados desde Tristán Suárez, El Jagüel, Luis Guillón, Carlos Spegazzini y Esteban Echeverría, algunos acompañados por amigos o familiares que aguantaron la espera con ellos.
“Más que nada si no tenés el secundario completo o estás cursando, este tipo de oportunidades son la primera en blanco.”Postulante de 18 años, en la fila de Reconquista 654
Pretensiones salariales y el peso de la informalidad
- Un joven de 18 años estimó que necesitaba cerca de 1.200.000 pesos mensuales para sostenerse con mayor autonomía.
- Otros postulantes se conformarían con el salario mínimo, o con un monto apenas superior, si la oferta incluía registro y aportes.
- Una trabajadora informal con más de seis años sin aportes dijo que cobra alrededor de 600.000 pesos mensuales, paga la cobertura médica de su propio bolsillo y que el ingreso apenas le alcanza para alimentos y servicios.
- Varios mencionaron que la cobertura social, el aguinaldo y las vacaciones pagas pesaban tanto o más que el propio sueldo en la decisión de quedarse en la fila.
En la vereda de enfrente, mientras la fila se estiraba cuadra tras cuadra, varios comerciantes de la zona miraban la escena con asombro. Rubén Ferreyra, dueño de un maxikiosco a trescientos metros de la planta, lo resumió en pocas palabras mientras acomodaba una pila de galletitas en la góndola: del otro lado de la calle, un anuncio de cuarenta puestos había juntado a más gente que cualquier promoción del año, y eso, según dijo, le decía más sobre la economía del barrio que cualquier índice de precios. Ferreyra, que conoce a sus clientes por nombre y apellido, contó que en los últimos meses le había crecido la venta de artículos chicos y al paso, y que cada vez más vecinos le pagan con transferencia o con lo que juntan en changas, señales de un barrio que, del otro lado del vidrio, pelea cada día por pasar a la formalidad.
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