Una mano que calma: cuando el cuerpo se cruza en el camino del miedo
La neurocientífica Paula Salamone explica cómo un gesto tan simple como tomar la mano de alguien puede bajar la ansiedad, y por qué el cerebro no reacciona igual cuando nos tocamos a nosotros mismos.

Son las ocho de la noche y una nena de seis años camina apurada por el pasillo de una guardia hospitalaria. Afuera llueve, hay olor a desinfectante y el ruido de las camillas la asusta. De pronto, una mano grande y tibia envuelve la suya. La pequeña no dice nada, pero algo en su cuerpo se afloja: la mandíbula, los hombros, el ritmo de la respiración. Esa escena mínima, que casi cualquier padre o madre reconoce, es la puerta de entrada a una línea de investigación que la doctora Paula Salamone, neurocientífica afectiva, viene desarrollando desde hace años y que acaba de compartir con el público en una entrevista reciente. ¿Por qué algo tan simple como dar la mano puede modificar lo que siente una persona que tiene miedo? ¿Qué pasa en el cuerpo cuando alguien nos acaricia o nos abraza? ¿Y por qué no obtenemos el mismo alivio si nos tocamos a nosotros mismos?
El tacto como llave para regular las emociones
Salamone lo dice con una claridad que contagia: el contacto físico no es un detalle menor ni un gesto decorativo, sino una vía concreta a través de la cual el sistema nervioso procesa lo que nos pasa. Cuando alguien recibe una caricia, un abrazo o, simplemente, le toman la mano, se activan receptores en la piel que dialogan con el cerebro, con la médula espinal y con el resto del organismo. En ese intercambio, que la investigadora describe como de ida y vuelta, pueden modificarse respuestas fisiológicas asociadas al estrés y la ansiedad. Por eso, en el caso de los chicos que atraviesan una situación atemorizante y buscan la mano de un adulto, no se trata sólo de una búsqueda de consuelo simbólico: el cuerpo entero está entrando en un estado distinto, con menos activación de alerta y más posibilidades de regulación emocional.
En su trabajo, Salamone investiga precisamente cómo los estímulos que recibimos en la piel se conectan con la actividad cerebral y con respuestas del cuerpo como el ritmo cardíaco, la tensión muscular o la respiración. Lejos de quedarse en el laboratorio, sus hallazgos dialogan con situaciones cotidianas que todos atravesamos: un abrazo largo después de un mal día, una palmada en la espalda ante una mala noticia, una caricia en la mano mientras alguien cuenta algo que le duele. Para los lectores que estamos del lado de los cuarenta, los cincuenta y los sesenta, muchos de nosotros criados en casas donde se abrazaba bastante, la idea de que el contacto "sirve para algo" más allá de lo afectivo puede sonar obvia. Pero lo interesante es que hoy la neurociencia empieza a describir con precisión qué circuitos se ponen en juego y por qué un gesto que parece tan chico tiene efectos tan profundos.
Tocarse a uno mismo no alcanza: el cerebro distingue entre el yo y el otro
- Cuando nos tocamos a nosotros mismos (por ejemplo, acariciarnos el cabello, la barba o el brazo), el cerebro ya predice el movimiento: sabe dónde, cómo y cuándo va a llegar el estímulo.
- Esa predicción reduce la sorpresa y la intensidad de la sensación, por lo que el efecto regulador sobre la ansiedad es mucho menor que cuando el contacto viene de otra persona.
- El ejemplo más claro son las cosquillas: si uno intenta hacérselas, la risa aparece a medias; si las provoca otro, la sorpresa y el componente social cambian la experiencia por completo.
- Según Salamone, las cosquillas, además, forman parte del juego y del intercambio social, lo que refuerza la idea de que el tacto es, ante todo, una manera de vincularnos con los demás.
Esta diferencia entre el autocontacto y el contacto que viene de afuera es una de las claves que más rescato de la charla con la investigadora, porque ayuda a entender por qué a veces, aun rodeados de gente, sentimos que nada nos calma. No alcanza con frotarnos las manos, con abrazarnos a nosotros mismos o con respirar profundo si lo que el cuerpo está pidiendo es, justamente, la presencia de otro. Salamone lo resume con una frase que me quedó dando vueltas: el cerebro distingue muy bien entre lo que uno se hace a sí mismo y lo que recibe desde afuera, y eso cambia por completo el impacto emocional del contacto.
La cultura entra en escena: lo que en Suecia es distancia, en Argentina es cercanía
Hay un costado de esta historia que a mí, como periodista que dialoga todos los días con lectores argentinos, me interesa especialmente: el de la cultura. Salamone contó que, mientras investigaba en Suecia, se encontró con que conversar con un colega a tres metros de distancia era algo perfectamente normal, casi esperado. En Buenos Aires, en cambio, esa misma distancia nos parecería un grito de hielo. La especialista aclara que esas diferencias en el espacio personal no significan que los suecos sientan menos o los argentinos sientan más: lo que cambia es la manera de expresar las emociones y de vincularse con los otros a través del cuerpo.
“Las diferencias culturales en el espacio personal no implican emociones distintas, sino otras maneras de expresarlas y de vincularse.”Paula Salamone, doctora en Neurociencias Afectivas
En nuestro país, esa centralidad del contacto se nota en los saludos con beso, en los abrazos largos, en las manos que se buscan en la mesa familiar. Y también se nota en los laboratorios: Salamone integra hoy el equipo Tango-i Lab, donde se estudia, justamente, la relación entre el contacto corporal y los síntomas de despersonalización, esa sensación tan particular de sentirse ajeno del propio cuerpo. El grupo, además, se está preguntando algo que a mí me parece de enorme relevancia para los años que vienen: si la falta de interacción física durante los aislamientos por la pandemia dejó huellas emocionales posteriores. Es, por ahora, una pregunta de investigación, pero ayuda a dimensionar cuánto nos pesa, en silencio, la ausencia de contacto.
Vuelvo a la nena de la guardia. Probablemente ella no pueda explicar con palabras lo que sintió cuando esa mano envolvió la suya. Pero su cuerpo lo registró: bajó el miedo, se aflojó la tensión, apareció la calma. Décadas después, los neurocientíficos empiezan a describir con nombre y apellido lo que esa chica ya sabía a los seis. Para los que estamos criando hijos, nietos, sobrinos o simplemente acompañando a amigos y parejas en momentos difíciles, el mensaje que me llevo como periodista y como persona es bastante claro: en un mundo que suele pedirnos fortaleza y distancia, una mano tendida sigue siendo una de las herramientas más viejas, más simples y más poderosas que tenemos para ayudar a otro a regular lo que siente. No es magia, es biología. Pero también, y sobre todo, es humanidad.
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